Un hombre, cuatro paredes y mil vasos vacios

Sentado, rodeado por cuatro paredes, el protagonista de esta historia vivía su vida. Diariamente despertaba sin saber qué hacer ni qué pensar. Pasaba horas esperando ver a alguien cruzar aquella puerta, que se interponía entre él y la libertad. Muy rara vez alguien iba a la habitación, durante el día, era en la noche en que alguien subía para dejar un vaso de agua y un plato de comida para éste. Por lo general, procuraba no beber toda el agua, ya que por la mañana utilizaba la que guardaba para asearse.

La pequeña ventana, que se encontraba en el techo, iluminó la habitación, llegando un pequeño rayo de sol directamente a la cara de nuestro protagonista, él despertó, inmediatamente, asustado pensando que algo ocurría, al ver que era sólo un rayo de sol, iluminando a través de la ventana, cerró los ojos e intentó volver a dormir. Tras pensar un minuto, se puso de pie, rápidamente, y parado bajo la ventana recordó no haber visto el sol desde antes de despertar en aquella habitación desconocida. Esta situación, lo despertó del sueño en que vivía, liberó su mente, de la prisión en que se encontraba, y lo hizo reaccionar como cualquier prisionero que se sabe inocente.
La desesperación y angustia se apoderó de él, sólo quería salir de aquella prisión y volver a su vida. Ya no recordaba lo que hacía antes, ahora sólo juntaba vasos y miraba fijamente la puerta, pero algo le hacía recordar que,  fuera de aquellas 4 paredes,  existía algo llamado libertad y que era mucho mejor que permanecer las 24 horas del día consigo mismo.

Se acercó a la puerta y comenzó a golpearla desesperadamente, pero lo único que escuchaba era el sonido de su respiración. Gritó y gritó, hasta que no pudo más, pero a pesar de todos sus intentos no obtuvo respuesta alguna. Lentamente la angustia y desesperación, que hace algunos minutos inundaron aquella habitación, fueron disipándose.
Se sentó a la luz de la ventana, la tristeza, melancolía y soledad invadieron sus pensamientos.
No sabía qué había hecho para merecer vivir dentro de esta cárcel. La luz iluminaba sus tristes ojos que poco a poco fueron cerrándose.
Habían pasado varias horas, la luz del sol ya no estaba y la habitación se encontraba totalmente oscura. Nuestro prisionero despertó y se encontró inmerso en la oscuridad, buscó con sus manos una pequeña vela que había encontrado días anteriores, hoy no era un día para vivir en oscuridad, la soledad era suficiente y no soportaría ambas sensaciones en un mismo momento.
Prendió la vela y se sentó nuevamente a esperar, sabía que en cualquier minuto subiría aquella persona que lo mantenía en este cautiverio. Comenzó a escuchar los pasos de una persona subiendo la escalera, estos fueron agudizándose hasta que finalmente se detuvieron al llegar a la puerta.

El vaso de agua y el plato de comida ya estaban en la bandeja, lentamente, comenzó a subir las escaleras, procurando mantener ésta intacta. Recordó que no debía hacer ruido alguno, por lo que calculó cada paso hasta llegar al segundo nivel de la casa, una y otra vez repetía en su mente lo que debía hacer. Al llegar a la puerta, dejó la bandeja sobre una mesa y buscó las llaves, que se encontraban en un cajón de un escritorio en la habitación contigua.
El nerviosismo invadía su mente y no encontraba la llave que abría la puerta, todo debía ser exacto, no podía pasarse ningún segundo, todo estaba planeado. Más que nerviosismo, por abrir una simple puerta, se sentía así debido a la situación que había ocurrido horas antes.

Pasaban los minutos y la puerta no se abría, dejó su asiento e intentó mirar a través de la separación que quedaba entre el suelo y la puerta pero sólo veía una persona parada frente a ésta. Hoy sabría quien lo mantenía prisionero.

Finalmente se armó de valor, giró la manilla y abrió la puerta. Esperaba que, al cruzar aquella puerta, el hombre se encontrara dormido, pero esto no fue así. Al entrar, vio la figura de un hombre, el cual sólo tenía iluminados unos hermosos ojos verdes, sentado frente a la puerta. Dejó la bandeja, rápidamente junto a éste y sin que el hombre pudiese decir o hacer algo, abandonó la habitación.

El hombre, al ver entrar a su captor, quedó paralizado. Imaginaba que la persona que lo mantenía prisionero fuese un hombre y no una mujer. Esto lo impresionó tanto que, simplemente, olvidó todos los planes que habían pasado por su cabeza, minutos antes, y se contuvo más que a mirar y analizar lo que ocurría. Había decidido decir algo pero al abrir la boca para pronunciar la más mínima palabra, la mujer salió por la puerta que lo separaba del mundo y nuevamente se encontró solo en la prisión.

Al cerrar la puerta, dejó las llaves sobre la mesa y comenzó a bajar las escaleras apresuradamente.  Se sintió aliviada, al llegar al primer piso, pero su cara aún tenía una impresión de pánico. ¿Estaría haciendo lo correcto al subir diariamente alimento, para el prisionero, o estaría corriendo un riesgo innecesario? Diariamente se preguntaba esto y nunca lograba encontrar respuestas a sus dudas y cuestionamientos.
Entró a la cocina y la dejó tal como la encontró por la mañana, cerró la puerta y se dirigió hacia su habitación. Al llegar, se sentó sobre la cama y comenzó a pensar en lo ocurrido.
A pesar de subir diariamente, nunca había tenido la oportunidad de ver al hombre, por lo que nunca se había puesto a pensar en todo lo que ocurría. Hoy, al verlo, se había dado cuenta de que era un hombre más, no tenía cara de mala persona, no sabía por qué éste se encontraba en esa situación.
Quizás no debería subir más, pensó, pero quién subiría si ella no lo hacía, todos se oponían a que este se mantuviese con vida, por lo que probablemente tendría que seguir subiendo, diariamente, con la bandeja de comida.
Finalmente, dejó de pensar en el hombre y decidió seguir con esto por la mañana.
Ahora quería dormir y olvidar todo, esperaba que, como siempre, nadie se percatara de que había subido y menos que había entrado a la habitación del prisionero.

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