Relato de un (casi) robo

Hace frío en Santiago. En la profundidad del metro, específicamente en la estación Baquedano, el calor se apodera de las personas. Una mujer se despide de su amiga. Camina en dirección Los Dominicos. Saca, de su bolsillo, un celular. Dos hombres parados junto a una columna, se percatan de su presencia y la siguen. La mujer nota que la están siguiendo y comienza a caminar más rápido. Baja por las escaleras – los hombres aún están detrás de ella – el andén está lleno de personas; caras de cansancio y sin ánimo. La mujer se para junto a otras personas y mira su reloj. Ambos hombres se paran junto a ella y le dicen “Pasa’ las cosas y no te va pasar na’”. La mujer, pese a las recomendaciones de entregar todo ante un asalto, comienza a correr por el andén. Su cara denota preocupación, sus pupilas están dilatadas y sus manos tiemblan. Las personas siempre están preocupadas de sus propias vidas, no les interesa lo que le ocurra al resto, por lo que no han notado lo que sucede. Se escucha el sonido del metro. El tren se detiene; las puertas se abren. Se escucha “Permita bajar antes de subir”, pero la mujer, desesperada, sube sin importarle que otros estén bajando. La preocupación en su cara desaparece hasta que se voltea y percata de que los hombres están en el vagón. Mira las puertas del metro con intención de salir, pero éstas se cierran y el metro comienza su viaje hacia la estación Salvador. Poco a poco los hombres se acercan hacia ella. La mujer se aproxima a unos hombres, de aspecto rudo, y les pide ayuda. Los hombres acceden a ayudarle y comienzan a gritar e insultar a los ladrones. La gente, en el vagón, despierta de un eterno sueño y se percatan de lo que ocurre. Todos se aferran a sus cosas para no ser víctimas de un robo. El metro se detiene en Salvador. Los hombres aún gritan y obligan a los delincuentes a bajar. Nosotros no hicimoh na’, compadre – gritan – y si hicimos algo… qué weá te importa a voh. Las puertas se cierran. Los ladrones se quedan en Salvador. La calma no regresa al vagón. La mujer, a salvo, continúa su viaje en metro. La cara de temor la acompaña por el resto del viaje.

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