Eurocentro

Es viernes. El reloj marca las cinco de la tarde. Frente a las puertas del Eurocentro, niños, adolescentes y adultos – de todos los estilos – gritan, conversan y ríen. La gente, al pasar, los observa como animales de un zoológico. A ellos no les importa. Siguen ahí.

El pasillo para ingresar a la galería está lleno de personas; es difícil no chocar con alguien. Un fuerte olor a cigarro se esparce por el aire. La decoración de fiestas patrias se ha apoderado del lugar. Locales de ropa, zapatillas, videojuegos, y accesorios son el principal atractivo.  En total 124 locales; distribuidos en cinco niveles. Todo lo que pudiese haber en las tiendas se exhibe en vitrinas; que con una fuerte iluminación invitan a mirar. Un grupo de niños – con uniforme escolar – observa la vitrina de una tienda de artículos de series japonesas. “Miren, es el último muñeco de la serie”, dicen. Dos niñas pasan junto a ellos. “No sé qué comprar” dice la más alta. Se acercan a una tienda de ropa y observan los polerones con orejas. Salen de la tienda – luego de arrepentirse de la compra – y siguen caminando. En un local de tatuajes, un hombre – recostado sobre una camilla – es tatuado en la espalda. Su cara de dolor es evidente.

En el subterráneo, el Bunker está lleno. Es un local oscuro. Sólo las luces de los computadores iluminan el lugar. Jóvenes – principalmente hombres – sentados frente a las pantallas de computador, juegan en silencio. Los únicos sonidos que se escuchan son los de las teclas; ventiladores de los computadores; y la respiración de los jugadores. Afuera del Bunker todo es diferente. Risas, gritos y conversaciones se apoderan de la galería. 30 niños están reunidos junto a las escaleras. Todos vestidos de negro, cintillos de orejas y bolsos adornados con decenas de chapitas. Una niña grita – emocionada – luego de ver que su amigo compró el DVD de su banda favorita. Un grupo japonés. A pasos de ellos, una niña – de unos 5 años – observa una pantalla. Mientras bebe su bebida de McDonald’s y lleva en sus manos una cajita feliz; mira hipnotizada un juego de guerra. “Mamá, mamá, yo quiero esto”, dice la pequeña niña, sin despegar los ojos de la pantalla. El juego es Call of Duty 4. Su precio es $29.990 pesos. Su madre no supera los 19 años. La mira, continúa caminando y grita “Vamos, camina. Estoy apurada”. La madre se pierde en el siguiente pasillo; la niña continúa mirando. Luego de unos segundos, se percata que está sola. “Vamos”, dice. Camina rápidamente mientras observa los espejos del techo.

Siguiente piso. En las escaleras, bajan a un niño en silla de ruedas. Al olor a cigarro se suma el olor a encierro y marihuana. De un local de ropa gótica sale el sonido de una rumba. En su interior, lo atiende una persona que no viste nada del estilo que vende. Entre tanta informalidad, aparece un local de trajes de vestir. “Se hacen a medida”, dice un papel.  Un grupo de adolescentes se dispone a bajar. ¿Qué hacemos ahora? – dicen con voces agudas y balbuceantes – aún es muy temprano para irnos, bajemos a mirar otras tiendas.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s