Disturbios en la jaula 36: La verdadera historia detras de los muflones-caciques

La violencia entre los muflones se puede justificar, pero ¿cómo justificar los constantes casos de incidentes ocasionados por la Garra Blanca?

Hay mucho movimiento en el hábitat de los muflones. Esos animales parecidos a ovejas con actitud de perro guardián. Machos, hembras y crías se mueven de un lado a otro. Se acercan a la reja y se reúnen en un extremo. Generalmente, un muflón en estado silvestre vive en pequeños grupos: la hembra, sus crías y, durante el periodo de celo, el macho. Sin embargo, en el Zoológico Metropolitano, alrededor de 30 muflones se ven obligados a convivir. Quizás por su naturaleza individualista o poco social se generan tantas peleas. Tras varios minutos, todos se amontonan; los grupos se separan y comienza el enfrentamiento. Todos contra todos. Los machos –que son más grandes y robustos– saltan sobre los más pequeños. Algunos utilizan sus cuernos curvados. Las crías no ven otra solución que también recurrir a la violencia. Saltos, golpes y miradas de odio. Sólo se ve una mezcla de lanas café claro. Unos se alejan y observan. Algo similar ocurre en los estadios durante los partidos de fútbol: se generan disturbios en los que sólo algunos participan, el resto observa con resignación porque no pueden hacer nada al respecto. El 28 de noviembre la violencia se apoderó nuevamente de los estadios; luego del triunfo de O’Higgins contra Colo Colo, la Garra Blanca destruyó parte de la galería del estadio El Teniente, causando daños avaluados en ocho millones de pesos. Al igual que un muflón, los barristas se aglomeraron en las rejas y comenzaron a destruir lo que estuviese en su camino. Para Harold Mayne-Nicholls, actual presidente de la ANFP, la violencia de las barras nunca se justifica. Además, enfatiza en que “llegó el momento de terminar todos los vínculos entre los clubes y las barras. Agrega que “las barras espontaneas son la solución a este problema”. En los estadios, al igual que en el hábitat de un muflón, la agresión no tiene edad. Adultos, jóvenes y niños parecen estar unidos por un mismo pensamiento: la violencia como forma de expresión. Finalmente, los muflones se separan, toman direcciones diferentes y la tranquilidad regresa a la jaula 36. No es necesario la intervención de nadie, simplemente, logran restablecer la normalidad por sí mismos. A diferencia de éstos, para calmar a la barra de Colo Colo, 350 carabineros y efectivos de Fuerzas Especiales tuvieron que intervenir. Es irónico que unos animales se puedan calmar solos y que los hombres necesiten de ayuda para controlarse. Los muflones aplican la violencia como un método de sobrevivencia, sin embargo, los hinchas no tienen una razón que justifique lo que hacen. Al estar detrás de las rejas, como en un zoológico, la pasión por el deporte no hace más que transformar a la temida Garra Blanca en unos animales, o en este caso, en unos muflones.

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