Cirugía express

“Un nuevo caso de cirugía express en Santiago”…

Fue a la cocina y tomó un set de cuchillos que le regalaron para navidad.  La peor navidad de las 25 que ha vivido; los regalos no importan, pero nadie regala cuchillos. Lo peor de todo es que nunca supo quién se los regaló.  Subió las escaleras y abrió el clóset; sacó alcohol, parches, algodón, entre otras cosas.  Eran las cinco de la tarde y la nana recién estaba limpiando el baño de su dormitorio. Dejó las cosas sobre la cama, buscó unas revistas y, procurando no botar nada, tomó todo otra vez. Bajó las escaleras con cuidado y entró al baño de servicio. Dejó todo en el lavamanos. Fue a buscar un espejo a la entrada de la casa; para qué iba a querer la nana uno en su baño. Lo apoyó como pudo y comenzó a mirarse. Estaba aburrida de su apariencia; no quería seguir siendo la misma. No se parecía a las mujeres de las revistas: tenía la nariz grande, los ojos caídos, una cicatriz en el labio, estaba pasada en cuatro kilos y mil defectos más, que sólo ella veía.  Una vez fue donde un cirujano, amigo de la familia, y le comentó que deseaba operarse. La miró y le dijo que no la iba a operar; que ella no lo necesitaba y que quizás necesitaba ir al psicólogo. Días después, el cirujano llamó a su mamá y la mandaron a terapia. Quizás fue muy poco un año de tratamiento psicológico.  Tenía unas pastillas para el dolor; se tragó seis sin agua. Tomó un cuchillo, el más grande de todos; se levantó la polera y comenzó a cortar su vientre; botó dos trozos de piel en el basurero. El suelo, del baño, estaba lleno de sangre y salía por el otro lado de la puerta. Luego, con un hilo y una aguja comenzó a cerrar la herida.  Se cayó sobre su sangre, pero minutos después se puso de pie. Miró su cara en el espejo y, con un cuchillo pequeño, cortó sus labios, dibujando una sonrisa nueva. Sus ojos brillaban de la emoción. “Mis amigas envidiarán mi nueva sonrisa”. Luego, hizo dos cortes pequeños: uno en el párpado y otro abajo. Ambos bordeando el contorno del ojo. Metió dos hilos en cada corte, los tomó y levantó su mirada. Finalmente, sus ojos sonreían junto a sus labios. La sangre corría por su cara, cuello y cuerpo. Sin embargo, ella sólo veía su nueva hermosura. Los puntos de su vientre se abrieron, pero ella no se percató de eso. Faltaba sólo la nariz; tomó otro cuchillo, hizo un corte y, cuando ya veía los cartílagos, comenzó a golpear su nariz con un martillo.  Cuando terminó, no quedaba nada de su nariz, pero ella veía una nariz respingada y pequeña.  Abrió la puerta del baño y se encontró con Margarita, la nana, que iba bajando las escaleras. La miró y rompió en llanto. La mujer pensó que estaba emocionada por su nueva apariencia. Buscó su cartera y salió. Cuando caminaba por las calles, todos quedaban impactados y huían. “Me veo tan bien que nadie pasa por mi lado”, pensaba. Se paró frente a un quiosco y miró las revistas. “Ya no tengo qué envidiarles”. Siguió caminando y, después de dos horas, debido a la gran pérdida de sangre, se desmayó. Todos se acercaron para brindarle ayuda, pero quedaron perplejos cuando vieron su rostro y vientre mutilados. Llamaron a emergencias, sin embargo, ella murió desangrada. “Hoy, murió María Alejandra Andrade, la mujer, de 25 años, es el caso número 300 de cirugía express en lo que va del año…”, anunciaron en la televisión.

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