De amor, corazones y trasplantes

“Misteriosamente, aún latía”.

Antes de salir, terminó de ordenar el departamento. Las ventanas permitían que los rayos de sol iluminaran cada rincón. Todo se veía como nuevo. Parecía que alguien hubiese pasado meses sacando brillo a la madera del suelo.  Entró a una habitación; había un hombre sobre la cama. No se movía; parecía una piedra. Ella, se acercó y besó su mejilla.  “Vuelvo más tarde, el desayuno está sobre la mesa”. Tomó su cartera y dos bolsas: una pequeña y otra grande. Ambas negras. Procuró no hacer sonar los zapatos mientras salía del departamento y cerró suavemente la puerta. Esa mañana, lucía diferente: llevaba el pelo recogido y se había maquillado más de lo normal. El vecino, del 703, subió al ascensor con ella.  Le ofreció ayuda para cargar las bolsas, pero ella dijo que podía con ellas.

– Hace días no te veía, y a tu pololo nuevo tampoco, ¿En qué andas metida? – dijo riendo el vecino.

– ¿Por qué no te metes en tus asuntos? – gritó Paulina – así dejarías de molestar al resto.

El aire en el ascensor se tornó tenso y Andrés, el vecino, no habló más. Las puertas se abrieron; ella, salió rápidamente sin decir nada. Saludos a Enrique y discúlpame por la intromisión, gritó Andrés. Paulina le hizo una señal con la mano como diciendo “si, si, lo que sea”. Ya fuera del edificio, botó la bolsa más grande en un contenedor.  Luego, caminó unas cuadras y buscó un taxi. Sacó un papel con una dirección y se lo entregó al conductor.  Tras 30 minutos de viaje, el taxista se detuvo frente a una casa vieja, en Los girasoles, y Paulina, luego de bajar, se quedó unos segundos parada en la calle. Sacó su celular y llamó al departamento. Nadie contestó y dejó un mensaje: “Amor, creo que llegaré tarde, nos vemos”.

Tocó la puerta de la casa; del otro lado, alguien le preguntó su nombre. Soy Amanda, imbécil. Abre la puerta, dijo. El interior de la casa era totalmente diferente a como se veía desde el exterior. Todo era blanco y moderno. Habían muchas máquinas y todo el mundo vestía como personal clínico: con bata blanca y uniforme azul. Se sentó en una sala a esperar; 20 personas más esperaban su turno; todos cargaban una bolsa negra. Las horas pasaban y seguían llegando personas con bolsas negras. “Amanda ya puedes pasar, dijo una voz masculina, a través de unos parlantes.

La mujer entró en una habitación donde todo era de metal. Hace exactamente un mes no te veía, Amanda. Quizás debería llamarte Paulina ¿no? ¿Viste lo que están pasando en la televisión? Dijo el hombre, apuntando hacia el televisor. “Estamos en directo desde el edificio en el que acaban de encontrar al hombre que llevaba exactamente un mes desaparecido. Luego de rastrear una llamada que Enrique Cruz realizó a su madre el día de ayer, la policía habría dado con su paradero. Lamentablemente, llegaron tarde. Enrique fue encontrado sin corazón sobre una cama. La policía finalmente dio con la presunta asesina, quien ya habría asesinado de la misma forma a 1603 personas, y según los registros del edificio, se llamaría Paulina Riquelme”. ¿Te imaginas que hubiese matado 1603 personas? – Dijo riendo – no seguiría en esto porque ya tendría suficiente dinero.  Sacó la bolsa y la puso sobre la mesa. El hombre la abrió y preguntó si había puesto la inyección luego de la extracción del corazón. Lo olvidé, dijo ella. Entonces no sirve; sabes que ahora no podremos realizar el trasplante, dijo él.

“Desde que nadie se inscribe para ser donante, se ha hecho muy común asesinar a alguien y vender su corazón. Un corazón se puede vender en tres mil dólares; con tal de vivir, todos están dispuestos a pagar. Ahora que manejan una inyección que detiene el corazón y, que luego lo activa, es un muy buen negocio”, explicaba un experto en la televisión.

Nos vemos en unos días más cuando traiga otro corazón, dijo Amanda. Cuando salió, había más de 100 personas esperando. Mientras caminaba por la calle, no podía dejar de pensar en Enrique. En su mano derecha aún cargaba la bolsa negra. Podría haber dejado el corazón en manos del doctor, sin embargo, no podía desprenderse de él. Días antes, Enrique le había declarado su amor. Dijo que siempre le pertenecería su corazón. Amanda pasó a una tienda y compró una caja de madera. Tomó el corazón y lo metió en su interior. Misteriosamente, aún latía. Al mismo ritmo que su corazón.

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