En un desierto cualquiera, un pueblo con nombre Fryui

Desde la cima del cerro, tres niños observan con melancolía: Itxma, Pti y Khunda.  Los rayos de sol golpean con fuerza sus torsos, que lucen desnudos para enfrentar el calor. Hace meses no llueve y esto comienza a afectar al pueblo. El río se secó, al igual que los árboles.  Los niños recuerdan con nostalgia cuando nadaban en el río, cuando trepaban los árboles para comer de sus frutos. Todo desapareció y no saben qué les espera. La gente intenta cultivar las tierras; sin embargo, nada crece por la sequía que azota a Fryui. Algunos piensan que es un castigo de los dioses por sus pecados pasados. La mayoría se cansó de enfrentar esta situación, que una vez al año amenaza con arrasar con todo rastro de vida.

En la plaza del pueblo, todos se reúnen por las tardes a hacer ritos para que llueva, pero nunca obtienen resultados. Hoy, Txi, la mujer más vieja del pueblo, danza alrededor de los troncos secos mientras canta en una lengua antigua. Nadie entiende lo que dice. Txi es la única que habla la lengua originaria del pueblo. Todos la observan con esperanza de que esta vez sí resulte. Algunos no pueden evitar llorar. Todas las plantas, al igual que los animales, desaparecieron y sienten que les arrebataron una parte de su corazón.

Ahora todos están reunidos donde estaba el río. Un niño carga un gran y viejo libro. Todos miran abrumados, al parecer, llegó el momento.  “Si alguna vez no logramos acabar con la sequía, por nuestro amor hacia la tierra y todo ser vivo, tendremos que tomar una decisión: nuestra muerte traerá los colores y la vida de regreso”. A medida que Txi lee, los ojos de todos se llenan de lágrimas. “Para que llueva, debe haber un cambio en la civilización, de la humanidad, todos deben morir y la tierra podrá salvarse. La muerte es el comienzo de la nueva vida”. Nadie dice nada. Se alejan lentamente.

En una casa, Itxma, Pti y Khunda lloran junto a sus padres. “Cuando estemos muertos, ¿nos volveremos a ver?”, dice entre lágrimas Pti, el más pequeño de los hermanos. Sus padres no dicen nada y sólo lo abrazan. Es lo que tienen que hacer. Así lo quisieron los dioses y sólo de esa forma salvarán el mundo. “Somos visitantes en este planeta, no debemos preocuparnos de nosotros”, murmulla el padre.

Todos comienzan a salir de sus casas y se dirigen a la plaza. El fuego ya está prendido. Uno a uno comienzan a entrar al círculo de fuego, uno a uno caen y desaparecen del mundo. Itxma, Pti y Khunda entran juntos. Su llanto estremece a sus padres, que optan por entrar últimos. Poco a poco el silencio se apodera de Fryui. De un momento a otro, las risas y conversaciones se desvanecen en el aire, como si nunca hubiesen sucedido.

Una semana después, una familia camina por un desierto árido. Ese desierto es Fryui. Poco a poco la capa de tierra desaparece y pueden ver las casas.  Les parece extraño que todo esté abandonado. El cielo comienza a nublarse y todo se oscurece. La familia entra a una casa para refugiarse de lo que parece ser una tormenta. Se acurrucan en un rincón y un manto de sueño se apodera de ellos.

Dos semanas de lluvia, como si existiese un ensañamiento con aquel pueblo. Una vez que la lluvia cesa, la familia, conformada por dos niñas y sus padres, despierta de su larga siesta. Se acercan para mirar por la ventana, pero el agua entra con fuerza hacia la casa, además de un libro que cae en medio de la habitación. Sus páginas parecen estar borradas y las niñas comienzan a dibujar en él. Dejan pasar unos días hasta estar seguros de que todo ha terminado.

Abren con mucho cuidado la puerta. Lien, una de las niñas, es la primera en asomarse. Los rayos de sol, que se esconden detrás de las nubes, llegan directamente a sus ojos.  Al salir, no creen lo que ven. Las plantas han vuelto a la vida y los colores se han apoderado de todo. Los habitantes de Fryui estarían felices. De la muerte y el sacrificio, la vida vuelve a reinar. Pero ellos ya no están para ver el nuevo ciclo de vida del pueblo, que quizás vuelva a detenerse más adelante.

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