Una cita con la muerte

En Chile, la eutanasia voluntaria, al igual que en la mayoría de los país del mundo, no está legalizada. Sólo en Holanda, Bélgica y Luxemburgo está permitida.  Sin embargo, la práctica ilegal siempre es una opción. En muchos casos se justifica.  Padecer una enfermedad terminal y tener que aguantar el dolor y los costos que significa, hasta los últimos días, no debería ser una obligación.

Tenía el número treinta y recién iban en el cuatro.  Adelante un anciano discutía con el farmacéutico.  El hombre, de 84 años, quería comprar sus medicinas pero su receta había vencido. “¿Entonces no me va vender? […] usted no comprende que debo pagar otra consulta médica para conseguir una receta, seguro que con mi pensión puedo costear ambas cosas”.  “Ese no es mi problema […] ¿Ve toda esa gente que hay detrás? Si le vendo sin receta, cualquiera de ellos me puede denunciar”. Finalmente, el anciano se dio por vencido y se fue.  Luego de 30 minutos, llegó su turno. “Quiero la jeringa más barata que tenga”, dijo la mujer.  El farmacéutico le advirtió que, generalmente, se doblan porque son de muy mala calidad. “No hay problema. Siempre uso la misma en mi trabajo”.  Además le pidió una serie de barbitúricos. El farmacéutico le pidió la receta y ésta se la entregó. Llevaba la jeringa, las pastillas y soluciones en una bolsa de género. También pan, unas naranjas y una cajetilla de cigarros.  Caminó lentamente hacia la casa, como si quisiera que ese instante durara eternamente. Sacó un cigarrillo y fumó el resto del camino. Al llegar, pese a que aún no terminaba, lo apagó. A diferencia de otras veces, estaba nerviosa.

Abrió la puerta, dejó las llaves en el mesón y subió las escaleras.  Entró a un dormitorio y saludó a un hombre que estaba recostado sobre un sillón. “Traje la jeringa y los barbitúricos. Todo saldrá bien”. El hombre apenas podía moverse y estaba conectado a muchas máquinas, sin embargo, se puso de pie y fue al baño. Se paró frente al espejo, observó su cuerpo y, lo demacrado que estaba producto del cáncer.  Su esposa había muerto hace dos años. También por culpa de esta enfermedad. No le quedaba nada.  Fue al closet, sacó su mejor traje y se arregló como quien se alista para una cita. Puso en el tocadiscos “That’s Life” de Frank Sinatra; tomó la mano de la mujer y la invitó a bailar. No podía dejar de imaginar el rostro de su esposa en la cara de la joven. Tras unos minutos, fue a la cama y se recostó.  Ella, sin ánimos de hacerlo, le fue administrando todo según lo indicado. Primero, le dio una infusión con medicinas para soportar lo que ingeriría; luego, inyectó la primera dosis de barbitúricos; finalmente, bebió el resto de éstos.  El hombre tomó la mano de la mujer, y mientras sonaba “You’re Gonna Hear From Me”, le agradeció por terminar con su dolor.  La besó y, lentamente, éste se fue apagando. Una vez dormido, murió.

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