(…)

Con el paso del tiempo, ya no hubo más que decir. Las palabras y las discusiones cesaron. Finalmente, el silencio triunfó. Llegado un día, ambos callaron y se dieron la espalda. Habían dicho todo, habían vivido lo suficiente. El aburrimiento los asfixiaba. Sin más, se despidieron; a diferencia de otras veces, para siempre. El tiempo, su tiempo, se detuvo.

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