Culpa

Observé tus ojos y acaricié tu rostro. Me pregunté si merecía tenerte. Un puñado de palabras, atrapadas en mi garganta, querían decirme que no merecía, no merecía tenerte. Quisiste decirme que sí merecía estar a tu lado y todo el amor que tú me entregabas. Por un tiempo continué en esta vida de ensueño, sin preocupaciones ni cuestionamientos. Pero a veces el fantasma regresaba y, nuevamente, me preguntaba si sería capaz de entregarte algún día lo mismo que me dabas. Le dije a mi corazón que me ayudara y que, de una vez, se entregara. De rodillas frente a ti, prometí amarte por el resto de nuestros días. Tocaste mi cara y dijiste que no necesitabas oírlo, ya sabías que nuestro amor perduraría. Llegada tu vejez, te aquejaron las enfermedades de la edad y, poco a poco, comenzaste a olvidar. Cepillé tu cabello, te di de comer y cuidé de tus sueños. Algunas veces preguntabas por ella, por esa mujer con quien te había engañado. Cambiaba de tema y, al rato, lo olvidabas. Te metía en la cama, tomabas mis manos y me pedías que no te dejara, que no te dejara. Cerrabas los ojos y dormías. Así por el resto de mi vida. Finalmente, un día no despertaste más. Con tu partida, pagué todas mis culpas.

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