1. Dolor

Entonces comenzó a entender que todo había acabado y su mundo se derrumbó. No sabía cuánto le tomaría sanar a su corazón, pues en ese momento sólo sentía un dolor punzante, el que no le permitía respirar, caminar, vivir y volver a levantarse. El dolor comenzaba en su garganta y terminaba en su vientre. Cuando le dolía era como si tirasen de ambos extremos. Entre el dolor y la tristeza, no veía un futuro por delante. En su cabeza sólo tenía la imagen de él alejándose, a pesar de que no se había ido a ninguna parte. A veces trataba de hacer entender al resto lo que sentía. Sin embargo,  le parecía que nadie podía acercarse si quiera al inicio de su dolor. Tanta pena, tanta pena sentía. ¿Cómo acabar con el dolor?, se preguntaba. Pero no hallaba ni respuesta ni cura. El dolor la consumía, a ella, a su felicidad y a su vida. Miraba el reloj que estaba frente a su cama, que antes de conocerlo no estaba y al que ahora no quitaba la mirada. Sus manos no eran suyas, tampoco lo era su cuerpo, nada respondía a su cerebro, que intentaba reanimar este cuerpo sumido en el dolor. A veces su madre la iba a ver, pero no podía con su tristeza. La acompañaba media hora sentada junto a su cama, le preguntaba cuánto más estaría sumida en la melancolía, le decía que lo había visto y que estaba bien, que por qué ella estaba mal. Nadie entendía, nadie entendía cómo se sentía. No podía dormir por las noches, el viento y la lluvia de aquel invierno hacía que le doliera más y que la tristeza se hiciera cada vez más profunda. Aquellos sonidos la deprimían y ya no veía nada más. Al mes, dejó de hablar con todos, dejó de contestar los llamados y dejó de abrir a quien tocara su puerta. Su cuerpo se desconectó de su dueña para no hundirse como lo había hecho su mente, aquella mente que se había ido lo suficientemente lejos, a una dimensión donde sólo se respira dolor y este último es el que te mantiene en vida. Margarita, su nana de toda la vida, abría con cuidado la puerta del departamento, preparaba una sopa y le daba de comer. ¿Cuándo volverás?, decía. Respiraba lentamente, pestañeaba cada cierto tiempo, sus ojos siempre estaban llenos de lágrimas. Las ojeras cada vez eran más grandes y oscuras, tenía menos pelo que antes y su piel había dejado de brillar. ¿Cuándo estaría mejor? Nunca, pensaba.

Un día su corazón no dio más con el dolor y dejó de funcionar con normalidad. Cada vez latía menos, pero nadie lo notaba. Cada vez la sangre circulaba más lento, porque éste ya no quería bombear.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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